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o meio é a massagem

La heurística del miedo

Existe una relación entre la noción de “derecho a la autodefensa anticipada”
que permitió, legitimó y justificó la invasión  norteamericana a Afganistán
y a Irak, y que fuera anunciada por los halcones de la administración Bush,
y la doctrina de la Seguridad Democrática del Presidente colombiano Álvaro
Uribe. En ambas nociones, la guerra se desterritorializa hacia la búsqueda
de un enemigo ubicuo y casi abstracto: el terrorista; la política asume
contenidos bélicos y panópticos en virtud de la cual todos somos sospechosos
y debemos demostrar que somos inocentes; se convierte a la crítica en acto
de disidencia que implica la conversión en enemigos a destruir bajo la
cobertura y legitimidad del discurso del terrorismo. La admonición del que
no está con nosotros necesariamente está en nuestra contra, de la doctrina
Bush, se convierte en estrategia de intervención y militarización de los
conflictos políticos a nivel mundial.

El Plan Colombia (ahora Plan Patriota), se inscribe de lleno en las derivas
totalitarias que asume el capitalismo tardío en su hora neoliberal y
especulativa. La incursión colombiana en territorio ecuatoriano, bajo el
argumento de la “legítima defensa”, recuerda la invasión a Irak realizada
bajo la misma tónica. El discurso del terrorismo se revela, en ambas
circunstancias, como un discurso eficaz sobre el cual operan diversas
estrategias de intervención, control y dominio. En efecto, gracias a este
discurso que adquiere una significación especial luego del conflicto entre
Ecuador y Colombia, puede advertirse la manera por la cual los medios de
comunicación empiezan a generar un ambiente de miedo y culpa bajo la
cobertura del terrorismo.

Los gobiernos progresistas de la región que de alguna manera querían
alejarse de las coordenadas del neoliberalismo y de las prioridades
norteamericanas, ahora tienen que demostrar que no guardan ninguna relación
con el terrorismo. Acosados por las estrategias semióticas de los medios de
comunicación, que en su mayoría pertenecen a grupos financieros y que
siempre están alineados con la agenda americana, gobiernos, movimientos
sociales y líderes de opinión que cuestionaban y criticaban al Plan
Colombia, a las políticas neoliberales, y a la geopolítica imperial
americana, ahora tienen que demostrar su inocencia y su desvinculación de
los grupos terroristas, abjurando de sus ideas y proclamando su lealtad a
las ideas dominantes de la época.

Este mismo discurso del terrorismo, ha construido una argumentación y
práctica jurídica, en la cual el estatus de terrorista incluso permite la
desontologización política del Otro: el terrorista es el enemigo que ni
siquiera tiene derechos fundamentales y que por tanto tiene que ser
eliminado en donde quiera que se encuentre. Colombia repite el discurso de
la administración Bush: “combatiremos a los terroristas en cualquier lugar
en el que se hallen”. Los terroristas han perdido todo estatus de
interlocución política. Se convierten en parias ontológicos en el que su Ser
ha sido puesto entre paréntesis como prerrogativa del poder. El poder no ha
definido qué los caracteriza ni quiénes son los terroristas: en su identikit
puede caber cualquier rostro, incluso el nuestro.

Puede advertirse, que inherente a esta estrategia y discurso del terrorismo
como operador político del poder en el capitalismo tardío, subyace una
heurística del miedo como recurso político de dominación, control y
sometimiento. La referencia al terrorismo no está desvinculada de las
necesidades de la geopolítica y ésta de las necesidades de control político
y militar. De la misma manera que la administración Bush utilizó casa
adentro el terrorismo como argumento de disuasión y generó una serie de
alertas que mantuvieron a la sociedad norteamericana en vilo, asustada y en
permanente tensión, ahora se utiliza el recurso del miedo como operador de
la geopolítica de la lucha contra el terrorismo.

El miedo paraliza, destruye las solidaridades sociales, genera reacciones de
defensa en las cuales se sospecha del otro y para evitar la mirada panóptica
del poder, se opta por la auto reclusión, la autocensura. El miedo
despolitiza, fragmenta, corroe, desarma, inmoviliza. El poder utiliza el
monopolio de la violencia para administrar y controlar el miedo social.
Ejerce una heurística del miedo cuyas coordenadas siempre están inscritas en
la política. Guerra y política se imbrican y confunden sus fronteras.

Gracias a esta heurística, el poder puede construir y mantener aquello que
Gramsci denominaba hegemonía. Esta heurística del miedo, puede ser
comprendida, a nivel contemporáneo, en tres grandes procesos históricos en
América Latina. El primero hace referencia a los procesos de
industrialización luego de la última posguerra, cuando concomitante a la
industrialización y el desarrollo endógeno, se fortaleció la clase obrera y
los partidos comunistas de la región se convirtieron en importantes
referentes políticos, sobre todo en aquellos países de desarrollo más
avanzado y que, en general, se situaban en el cono sur del continente.

En efecto, en Chile, el Partido Comunista pudo ganar las elecciones con
Salvador Allende y emprender una vía pacífica de transición al socialismo.
Estados Unidos intervino directamente en el derrocamiento de Allende a
través de la CIA , y apoyó la política represiva y criminal del régimen de
Pinochet. En Argentina, EEUU apoyó el golpe de los militares en contra de
María Estela de Perón. De la misma manera, EEUU estuvo detrás de los golpes
militares de Uruguay y Brasil. El cono sur de América Latina se convirtió en
un territorio de experimentación en el cual se utilizó el terrorismo de
Estado, bajo la figura de la “guerra sucia”, para exterminar cualquier tipo
de organización social, popular y sindical afín a las ideas socialistas y
comunistas.

La “guerra sucia” fue un experimento social y político que utilizó el miedo
como recurso y tecnología del poder. Las sociedades que vivieron el último
círculo del infierno de la mano de las dictaduras militares, surgieron
traumatizadas de esta experiencia. Los treinta mil desaparecidos argentinos,
amén de las víctimas de la represión en Chile, Brasil, Uruguay, Paraguay,
fueron el saldo tenebroso de la “guerra sucia”. La izquierda política, casi
desaparece del mapa político y dejó de convertirse en un enemigo real del
sistema. Gracias a esta heurística del miedo, se desarticuló cualquier
posibilidad de transición al socialismo por la vía pacífica. La “guerra
sucia” salvó al sistema político liberal de cualquier contaminación de
comunismo, en tiempos de guerra fría y de confrontación Este-Oeste.

Un segundo momento de esta heurística del miedo, y de la utilización
estratégica del terror, puede visualizarse en Centroamérica durante la
década de los setenta y los ochenta. El centro de gravedad estuvo en
Nicaragua y la revolución sandinista. EEUU intervino directamente en la
región financiando a la guerrilla contrarrevolucionaria de Nicaragua e
interviniendo con apoyo logístico y bases militares, sobre todo desde
Honduras.

La frontera militar abarcó también a Guatemala y a El Salvador. El Frente
Sandinista de Liberación Nacional, de Nicaragua, el Frente Farabundo Martí
para la Liberación Nacional , de El Salvador, y la Unión Revolucionaria
Guatemalteca, URGN, se convirtieron en enemigos militares a los cuales había
que derrotar bélicamente. No estaba en cuestión, solamente, el poder de los
sandinistas en Nicaragua o la amenaza de que lleguen al poder el FMLN en El
Salvador, o la URGN en Guatemala, en realidad, estaba en juego los
contenidos de la política en todo el continente.

De la misma manera que la derrota a los partidos comunistas del cono sur de
la región, implicó un efecto dominó en el continente y posibilitó que el
sistema político liberal procese los conflictos sociales sin opciones ni
alternativas radicales en contra del sistema capitalista, la derrota a los
sandinistas estaba pensada también a nivel continental. Aquello que estaba
en juego eran los contenidos de la democracia. Si la revolución sandinista
se consolidaba, el retorno a la democracia en América Latina habría
adquirido otras características, porque los formatos liberales de la
democracia habrían tenido que disputar los sentidos de la política con la
experiencia sandinista. Había, por tanto, que destruir los contenidos
políticos de la nueva democracia que se estaba construyendo en Nicaragua por
fuera de los moldes del liberalismo, sobre todo en un contexto en el cual el
sistema mundo capitalista entraba en plena especulación y crisis financiera
de la deuda externa, y América latina se sumergía en la larga noche
neoliberal.

EEUU aplicó el concepto de “guerras de baja intensidad” para legitimar la
intervención y para darle contenidos políticos a esa intervención. La
“guerra de baja intensidad” fracturó a las sociedades centroamericanas. El
genocidio de Guatemala, la violencia de la guerra civil salvadoreña, la
guerra en Nicaragua que condujo a la derrota electoral de los sandinistas,
abrieron el camino para el retorno a la democracia en el continente. La
democracia que sustituía a las dictaduras militares y a los proyectos
alternativos, solamente podía inscribirse en los contenidos del
neoliberalismo. El miedo como heurística del terror que sintieron las
sociedades centroamericanas fracturó sus sueños de alcanzar incluso su
liberación nacional. Las “guerras de baja intensidad” derrotaron a los
proyectos alternativos como opciones reales de poder y abrieron el espacio
político para el “Estado social de derecho” neoliberal, que será el formato
único del retorno a la democracia en el continente.

Un tercer momento puede apreciarse ahora, sobre todo desde mediados de la
década de los noventa, y tiene a la región andina como el principal foco
militar y político. El centro de gravedad está en Colombia, e incluye a
Venezuela, Ecuador, Perú, Bolivia y Brasil. En todos estos países, el Banco
Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo, BID, han intervenido sobre
las estructuras sociales y sobre la institucionalidad estatal para desarmar
las resistencias a la transformación neoliberal.

Mientras que la “guerra sucia” fue el contenido político para la
intervención en contra de la clase obrera en el cono sur durante las décadas
de los sesenta y setenta y la “guerra de baja intensidad” fue el formato de
intervención militar en contra de los sandinistas en los setenta y ochenta;
ahora es la lucha en contra del terrorismo y la seguridad democrática, el
nuevo formato de intervención militar en la región.

La seguridad democrática y la lucha en contra del terrorismo son
dispositivos de un discurso hecho para legitimar la apropiación de los
territorios en una de las regiones más biodiversas del mundo: la cuenca del
amazonas y el chocó andino, y en donde se encuentra la reserva de agua dulce
más importante del planeta: el acuífero guaraní. El enemigo bélico a
derrotar en esta nueva geopolítica de intervención, son los pueblos
indígenas y los movimientos sociales de la región.

Las políticas de ajuste neoliberal al tiempo que desarticularon al Estado,
posibilitaron la emergencia de movimientos sociales fuertes y con gran
capacidad de movilización nacional e incluso continental. La organización
indígena CONAIE en Ecuador, el MST en Brasil, y la convergencia de una serie
de organizaciones sociales bolivianas en el MAS, amén de otras expresiones
organizativas del continente, como la CONACAMI del Perú, y las
organizaciones mapuches de Chile, abrieron el espacio político de la región
hacia la disputa de sentidos de la democracia, del Estado, del socialismo, y
las resistencias, con discursos alternativos y propuestas novedosas, como
aquellas del “mandar obedeciendo”, “nada para nosotros, todo para todos”, o
el “Estado plurinacional”.

Estos movimientos sociales generaron prácticas políticas novedosas en la
región como los Foros Sociales Mundiales y disputaron los contenidos de la
ideología del liberalismo como fin de la historia, y recuperaron el sentido
de la utopía social con su propuesta de que “otro mundo es posible”. La
emergencia y consolidación de los movimientos sociales del continente se
produce en un momento de radicalización del momento neoliberal en la región,
cuando a la reforma estructural neoliberal que el Banco Mundial había
trabajado en filigrana en casi todos los países del continente, se suma la
propuesta de privatización territorial con la Iniciativa de Integración de
la Infraestructura Regional de Sud América, IIRSA. De hecho, los ejes
multimodales de esta propuesta son la expresión más avanzada del
neoliberalismo.

Los movimientos sociales, y a su interior los movimientos indígenas, son la
amenaza más directa para la ejecución y puesta en marcha del IIRSA. La
desarticulación y destrucción de sus capacidades de movilización, solamente
puede hacerse a condición de que sus prácticas políticas sean puestas en el
rasero del terrorismo y sean neutralizadas militarmente como parte de la
lucha global en contra del terrorismo. En adelante, no será difícil
“descubrir” los lazos que tenían organizaciones sociales del continente con
la guerrilla colombiana o con cualquier otra organización o persona que haya
sido estigmatizada como terrorista. De ahí a su calificación de movimientos
terroristas y la ulterior persecución militar, hay un paso.

En el conflicto Colombia-Ecuador, no está en juego solamente la soberanía de
un país, sino una estrategia de geopolítica que busca la privatización de
los territorios y su vinculación a la especulación financiera mundial. La
privatización de los territorios adquiere las modalidades de: agroindustria
(biocombustibles), commodities, agua, biopiratería, ejes multimodales, etc.
El miedo como heurística del poder está construyendo los nuevos enemigos, y
está fundamentando los argumentos que permitirán su destrucción física. Los
verdaderos enemigos en este momento neoliberal de privatización territorial,
son los poseedores ancestrales de estos territorios, vale decir, los pueblos
indígenas, que tendrán que ser desalojados, perseguidos y criminalizados por
defender sus tierras, vale decir, por “terroristas”.

Pablo Dávalos

From: comision prensa <comisionprensaorellana@yahoo.com>
Date: 09/04/2008 11:21
*COMUNICADO DE PRENSA*
*Ecuador: 9 de abril 2008. (hora 09:30)*

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